RADIO MISTERIO FM

martes, 4 de septiembre de 2012

Sirenas del Agua … y Sirenas del Aire



El arcano XVII, La Estrella, evoca a los seres que habitan las aguas, cuyas andanzas recogen mitos y leyendas de todas las tradiciones. Xanas y anjanas, lamias, donas d’aigua, mouras, ninfas, ondinas y otros muchos que se bañan en aguas dulces. Nereidas, tritones y otros portentos, si los buscamos en la mar salada. Y, por supuesto, sirenas, que son quizá los seres del agua más lucidos y famosos.

Waterhouse, 'Sirena', 1901

Con sus largas cabelleras, sus bustos sensuales, sus plateadas colas de pescado y sus voces cautivadoras, las sirenas alcanzan una belleza irresistible. Duales y ambiguas, son hermosas hasta la extenuación, y no es por exagerar. Según la tradición, con sus atractivos cuerpos y el embeleso de su canto atraían a los marineros para hundir sus naves y arrastrarlos al fondo mortal del océano. Para un comentarista cristiano medieval, la interpretación de estos seres está clara: “Las sirenas significan las mujeres que atraen a los hombres por sus caricias y por sus respuestas a sus palabras; y que ellas los conducen a la pobreza y a la muerte”. Por eso dice la conseja popular que hay que hacer oídos sordos a los cantos de sirena.


También hay algunas de buen corazón que amistan con los humanos y numerosas leyendas dan cuenta de sirenas que fundaron ciudades y linajes. El blasón de la ciudad de Varsovia, que muestra una sirena armada sobre fondo rojo, alude al híbrido ser que fundó la dinastía polaca de los Jagellones. En Galicia, donde todavía se escucha cantar a la sirena Maruxaina cuando la mar se pone brava en el cabo de San Cibrán, el apellido Mariño recuerda que la familia fue fundada por uno de estos seres del mar.
Herbert Draper (1863-1920), 'The sea maiden'.


Leyendas, claro. ¿O no?
¿Existieron realmente estos prodigios de ambigua belleza acuática?
Quizá sí, quién sabe.


El propio Cristóbal Colón afirmó haber visto varias en su viaje a América. En el diario de a bordo de La Niña, en su anotación del 9 de enero de 1493, se recoge escrupulosamente lo siguiente: “Cuando el almirante llegó a Río de Oro, afirmó haber visto tres sirenas que emergían por encima de la superficie del agua”.

Crónicas más antiguas hablan de una sirena que fue capturada en el norte de Gales allá por el siglo VI. Al parecer, se adaptó bastante bien, recibió el bautismo en la fe cristiana y llegó a figurar como santa en algunos almanaques con el nombre de Murgen. Santa Murgen, sirena. No está mal. El mundo tiene más magia de la que creemos.

La historia más conocida de sirenas es, seguramente, la que narra el poeta griego Homero en su obra La Odisea, allá por el siglo IX a.C. Cuenta las aventuras del héroe Ulises, que tuvo que enfrentarse a las peligrosas sirenas a bordo de su nave. Circe, la bella hechicera que tan bien le quiere, le advierte sobre el peligro que entraña su canto y le aconseja que tapone los oídos de su tripulación, y los suyos propios, para evitar el embrujo.

Así lo hace Ulises, taponando los oídos de su gente para que no escuche nada. Pero él… él quiere deleitarse con el canto de las sirenas, escuchar su voz, oír sus halagos y promesas. Para algo es el héroe. De manera que no se tapona los oídos pero, previsor, ordena a sus marineros que le aten férreamente al mástil de su nave. Gracias a ese truco pudo ver a las hermosas sirenas y escuchar lo que ningún humano escuchó jamás sin morir a cambio.


Herbert Draper, 'Ulises y las sirenas'.

El pintor británico Herbert Draper reflejó la escena en un bellísimo cuadro pintado en 1909, donde se ve a las seductoras sirenas luciendo su belleza escamada e intentando cautivar a un Ulises que, ensogado al palo mayor, las mira con ojos desorbitados. Una magnífica obra que recrea los detalles de ese episodio homérico. Pero ¿es así en realidad como lo cuenta el poeta Homero?

Vasija de Cere, Grecia, Ulises y las sirenas.

Pues no. Aunque lo más común es que la gente piense en las sirenas como seres con medio cuerpo de mujer y la otra mitad de pez, en la antigüedad greco latina tenían otra anatomía. Hijas del río Aqueloo y la ninfa Calíope, las sirenas eran tres bellísimas jovencitas que lucían tremendo cuerpazo. Sin embargo, la diosa Ceres las castigó convirtiéndolas en aves de cintura para abajo. Mujeres pájaro, así eran las sirenas que revoloteaban por los acantilados del golfo de Nápoles. Esa forma tenían las que asaltaron el barco de Ulises según lo narra Homero, y así es como aparece ilustrado dicho episodio en antiguas cerámicas griegas, como la conocida vasija de Cere del Museo del Louvre. Para desconcierto de la mayoría, la antigüedad no conoció ninguna sirena con forma de pez. Ajustándose con fidelidad al texto y la época de Homero, el pintor del siglo XIX John Williams Waterhouse plasmó en un óleo el famoso asalto de las sirenas al barco de Ulises, retratándolas como mujeres ave.


Waterhouse, John Williams, 'Ulises y las sirenas'.


¿Cuándo abandonaron las sirenas su condición de hembras volanderas para convertirse en seductoras damas con cola de pescado, y por qué?





Los autores antiguos como Plinio y Ovidio las describen como mujeres hasta la cintura y aves del ombligo para abajo, y así aparecen en los bestiarios de los primeros siglos. Hay que esperar a una fecha imprecisa entre los siglos VII y VIII para que un autor presuntamente anglosajón llamado Audelinus escriba un bestiario conocido como Liber Monstrorum en cuyas páginas aparece por primera vez una sirena con forma híbrida de mujer y pez. Probablemente se trató de un error y el autor equivocó el nombre de alguna nereida, pero su involuntario traspié obtuvo una aceptación inmediata y los bestiarios posteriores así como las narraciones de los hechos mitológicos adoptaron con entusiasmo la nueva y atractiva forma de la sirena.
La Estrella. Tarot de Marsella

Así pasó la sirena de ser ave a ser pez. De habitar en el aire a vivir en el agua. Y eso me lleva otra vez al arcano XVII, La Estrella, que citaba al inicio. Una carta a partir de la cual evocaba a los seres del agua, como la sirena pez, pero un arcano que pertenece al elemento aire. Lo mismo que la sirena ave de la antigüedad. Ambas versiones de la sirena conviven, pues, a la perfección en el ámbito de esta carta, cuya escenografía contiene agua señalando la fertilidad de la naturaleza, pero también un grupo de estrellas cuya luz espiritual baña el paisaje. Y en ese paisaje destaca un árbol en cuya copa se posa un pájaro, quizá una sirena descatalogada, influencia celeste y mensajera de las alturas. Porque, como descubrió el poeta, todo pájaro es en realidad un ángel inmaduro.


Javier Navarrete




Fuente: http://www.tarotarcano21.com/

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