RADIO MISTERIO FM

lunes, 24 de diciembre de 2012

"Esos Locos Goliardos" de Javier Navarrete



Siempre me gustó El Loco. Tiene sus puntos negativos, por supuesto, difíciles de llevar en los demás y también en uno mismo, que hay veces que uno no se aguanta. Ciertamente, es desordenado y extravagante, falso y malqueda, simple y tramposo a la vez, exhibicionista y vicioso al que las pasiones se le desenfrenan. El planeta que le corresponde es Plutón y, en su caso, un ‘Plutón desorejado’. El número de este arcano es el cero, y señala muy bien la nulidad que le caracteriza. Pero, aún así, en esa caótica bolsa de despropósitos que el Loco carga a su espalda se acomodan también otras características que me resultan atractivas aunque sean poco fructíferas. Hablo de ese saltarse las normas, ir a la contra, salirse de la horma, romper convenciones, desquiciar el orden establecido y poner de los nervios a la autoridad competente.

El Loco en el Tarot de Carlos VI. Ferrara, hacia 1470.

Sí, ya sé que así no se llega a ninguna parte. Esa es la cruz que arrastra El Loco: que, en su extravío, ni siquiera sus buenas cualidades rinden fruto. Y, sin embargo, es mi héroe cuando sale respondón ante el poderoso, aunque no sirva para nada y casi siempre acabe recibiendo algún sopapo. El hombre es tan inútil que no alcanza a tener conciencia de su presunta heroicidad. Porque El Loco ni siquiera sabe que sabe lo que sabe. ¡Uf, qué lío!


Ahora que vamos hacia diciembre, me recuerda la ‘Fiesta del Obispo de los Locos’ que se celebraba en la Edad Media. El día de san Nicolás (Santa Claus), los niños y mozos de los coros de las catedrales elegían un ‘obispillo’, un chaval más bien ‘pillo’ que ejercía burlonamente de obispo, dirigiendo rituales dentro de la propia catedral en los que se mofaban de la liturgia y de todo lo divino y lo humano. El ‘Obispo de los Locos’ encabezaba también estrafalarias procesiones. Desarrapado, tocado con la mitra y cabalgando un asno montando de forma que encaraba los cuartos traseros, iba repartiendo bendiciones e hisopazos a diestro y siniestro. He de aclarar que estas fiestas estaban permitidas por la Iglesia, y que en ellas participaban, de mejor o peor talante, los propios cargos eclesiásticos. Al final, claro, se terminaron prohibiendo, pero hubo que esperar al Concilio Ecuménico de Trento, en 1566, para que se erradicara la fiesta del mundo católico. Orden trastocado, abolición del respeto debido al poder y a lo más sagrado, locura y extravío. Eso era lo que ejercía el alocado ‘Obispillo’ durante su tiempo de ‘poder’. Servía para orear el ambiente y liberar frustraciones. Es lo que también se hacía, y se sigue haciendo, con el Carnaval, aunque a este no le dejan invadir las catedrales con su desfachatez.

Goliardos

Hay otra figura de la sociedad medieval europea que también tengo asociada a este Loco arcano: la de los ‘goliardos’. Se llamaba goliardo al monje que, harto de la disciplina conventual, escapaba echándose a los caminos, pugnando entre la fe y el ansia de libertad. Normalmente perdía el norte entre esas dudas y terminaba llevando una vida libertina de vagabundeo y alegre ebriedad. El nombre de goliardo también acogía a los estudiantes pobres que callejeaban con ropas raídas por las ciudades universitarias, siguiendo más las enseñanzas de Baco que las emanadas de la cátedra.



Goliardos
Este alegre y caótico grupo de vida desordenada y afición a la bebida, las mujeres y el juego, se adueñó de las tabernas. Como eran cultos, estaban bien formados y sabían latín (en todos los sentidos), en sus jaranas abundaba la música, el baile y el verso impertinente y faltón que dio lugar a las primeras canciones de taberna que se conservan. De hecho, se ganaban unos cuartos ofreciéndose como compositores de glosas y panegíricos a los ricos que buscaban oropeles. Algunos organizaron la Orden de los Vagabundos y se decían fieles a su patrono san Golías, tras cuya figura se ocultaba el gigantón Goliat al que David derribó de una pedrada. De ahí les viene el nombre de ‘goliardos’. También su mala fama, que en bajo latín ‘gens Goliae’, gente de Goliat, significa, ni más ni menos, ‘gente del diablo’. Todo porque, en la antigüedad, a ese buen mozo de Goliat se le tenía por un diablo desmesurado.

Goliardo


Irreverentes, viciosos, desordenados y sin rumbo, los goliardos aún tuvieron luces, algunos, para ejercer una crítica coherente a la Iglesia y al poder político, aunque en la mayoría de sus obras la letra se cantaba marcando el ritmo con un vaso de peltre lleno de vino en una mano y la otra perdida bajo el refajo de alguna buena moza.





Por suerte, ha llegado hasta nuestros días una recopilación de estos cantos de monjes goliardos, conservada en el convento benedictino de Beuren, al pie de los Alpes, y datada hacia el año 1230. Con ese material, el compositor alemán Carl Orff creó en 1937 su hoy famosa obra ‘Carmina Burana’, título latinizado que significa ‘Canciones de Bura’ (Canciones de Beuren).

Tuck

Entre estos textos se encuentra un antiguo brindis tabernario que bien podría entonar el borrachín fraile Tuck, amigo de Robín Hood y buen ejemplo de goliardo descarriado. En esta canción cada copa se levanta en honor de algo o alguien distinto, y son trece las que se alzan, que abundan los motivos para brindar, empezando por el precio del vino. Le siguen los cautivos, los vivos, los cristianos todos, los fieles difuntos… Y va ‘la sexta por las monjas casquivanas’, que no falten. Y la séptima por la soldadesca asilvestrada.


Los goliardos sabían contar, de manera que sigue el brindis por aquellos a quienes sienten como iguales: los hermanos perversos, los monjes dispersos, los navegantes, los disconformes, los penitentes, y todos los que andan por los caminos, vagabundos a los que dedican la decimotercera copa. A partir de ahí se pierde la cuenta en el desvarío de la bendita ebriedad, y
‘tanto por el Papa como por el Rey
beben todos ya sin ley’.



Goliardo tuno
En España, con las primeras universidades, surge una variante de goliardos que reciben el nombre de ‘sopistas’. Eran estudiantes pobres que rondaban por bares y tabernas para conseguir un vaso de vino y algo con lo que llenar la panza. Para lograrlo echaban mano de su verbo fácil, sus canciones y su descarada simpatía. Si tenían suerte y los clientes se divertían, el dueño del local les servía al final un plato de sopa hecha a base de agua y restos de comida. Ese escuálido manjar era llamado ‘sopa boba’, y de ahí les venía el nombre de sopistas.


De esos golfos hechos de pobreza y vino barato, de facundia y canciones burlonas, de pillería y retazos de latines mal aprendidos, deriva la Tuna actual, grupos musicales de estudiantes universitarios que hacen la rondalla pasando la pandereta para recibir algunas monedas.
‘Y si la Tuna te da serenata
no te enamores, compostelana’


Que son encantadores, pero también mujeriegos y un tanto olvidadizos.
Y, por supuesto, un poco locos.



Javier Navarrete
FUENTE: http://www.tarotarcano21.com/


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