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lunes, 27 de mayo de 2013

Emilio Herrera, el abuelo granadino de los trajes espaciales

Emilio Herrera, el abuelo granadino de los trajes espaciales

El ingeniero Emilio Herrera con su escafandra, en 1935. | Efe
El ingeniero Emilio Herrera con su escafandra, en 1935.

Julio Verne nos hizo fantasear con extraordinarias aventuras en la Luna y en el centro de la Tierra. Emilio Herrera, llamado por algunos el 'Verne español', también soñaba con viajar en vertical, pero se inclinó por la ciencia más que por la ficción y luchó por hacer sus sueños tecnológicamente realizables. Gracias a sus estudios aeronáuticos, toda una generación de españoles comenzó a creer que algún día viajaría por el espacio.

"Toda mi preferencia ha sido siempre por los viajes en dirección normal [perpendicular] a la superficie terrestre, bien elevándome a las nubes, bien descendiendo a las entrañas de la Tierra o bajo el agua de los mares", relataba hace 80 años (1933) en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

La pasión por volar de este ingeniero militar le llevó a ser uno de los primeros pilotos de globo de España, pero enseguida pasó a interesarse por los aviones, fáciles de maniobrar. En 1914 ocupó las portadas de los periódicos por ser el primero en cruzar el estrecho de Gibraltar en aeroplano. Años antes, en 1905, se elevó bajo la mirada del rey Alfonso XIII para observar un eclipse solar.

Herrera, un hombre inquieto, no se conformó con el vuelo atmosférico por mucho tiempo. Tan pronto como lo consideró un problema resuelto, se centró en conquistar el espacio exterior. "Presentaba para mí muchos más atractivos un sencillo viaje vertical –añadía en su discurso–, que una expedición a los países más remotos, siguiendo las vías de comunicación habituales".

Hasta el infinito y más allá

Según Emilio Atienza, doctor en Historia Contemporánea de España y especialista en historia de la aeronáutica, Emilio Herrera ha sido inmerecidamente olvidado. "Es uno de los grandes desconocidos de la tecnología española –asegura–. La famosa frase de Unamuno de 'que inventen ellos' no encaja con él, ni con tantos otros de la llamada Edad de Plata española".

Su proyecto más ambicioso, aunque frustrado, fue la ascensión a más de 22.000 metros de altitud –por encima del récord de altura del momento–¬ en un globo de barquilla abierta. Una vez en la estratosfera, su plan era tomar medidas para estudiar la radiación cósmica. "Este proyecto fue de enorme importancia, sobre todo, por el diseño de la escafandra Herrera, una de las mayores aportaciones europeas a la conquista del espacio", asegura Atienza.

La escafandra del espacio era una vestimenta diseñada por Herrera para protegerse de las temperaturas extremas, la baja presión y la falta de oxígeno de la estratosfera. Muchos la consideran precursora de los trajes espaciales actuales.

"Este será el atuendo de los navegantes que en los futuros paseos por la estratosfera podremos admirar brillantes y deslumbradores", aseguraba Herrera en la revista Madrid Científico en 1935.

El científico tenía muy claro que llegar a las capas superiores de la atmósfera era el paso previo a la conquista del espacio, y que, en los viajes extraterrestres, el astronauta necesitaría un traje protector para salir de la cabina a hacer reparaciones de la nave o para caminar sobre el astro de destino. Sus predicciones tardarían 30 años en probarse, cuando, en 1965, un astronauta ruso dio el primer paseo espacial.

"El traje de Herrera resuelve un problema que había costado la vida al comandante Benito Mola y otros españoles que quisieron elevarse en globo a grandes alturas y se quedaron sin oxígeno", explica Atienza. Aunque llevaban una bombona, no contaron con que el frío a estas alturas congela el dióxido de carbono producido en la respiración y obstruye el sistema. Herrera ideó un método para eliminar este compuesto a la vez que aportaba oxígeno.

El traje contaba con tres capas, una de lana, una de caucho y una tercera de lona muy resistente. La zona de las articulaciones estaba diseñada como un acordeón reforzado con cables y tirantes de acero para dar libertad de movimiento al piloto. Una capa de aluminio pulimentado y una tela de plata recubrían en el casco cilíndrico y el traje para reflejar los rayos solares y evitar el recalentamiento.

En 1936, cuando por fin el enorme globo y la escafandra estaban listos para la ascensión, el estallido de la Guerra Civil española se llevó por delante todo el proyecto. El traje fue destruido y con la tela del globo se hicieron abrigos para los soldados republicanos.

Dijo 'no' a la NASA

Pero su reconocimiento internacional llegó hasta la NASA, que le ofreció trabajo mientras él vivía en el exilio en Francia. Según explica Atienza, lo rechazó porque "no quería alejarse de España, ya que pensaba que el exilio no iba a durar tanto como luego duró". Otras fuentes afirman que declinó la oferta porque la NASA denegó su solicitud de que la misión espacial estuviera abanderada conjuntamente por EE UU y el gobierno de la República española en el exilio. Según cuenta Carlos Lázaro Ávila en su libro 'La aventura aeronáutica', Herrera comentó a su secretario: "Los americanos son como niños, creen que con el dinero lo pueden comprar todo".

Conseguir una conexión aérea regular entre Europa y América fue otro de sus sueños incumplidos. Su propuesta consistía en dos dirigibles semanales con capacidad para 40 pasajeros que unirían Sevilla con Buenos Aires en solamente tres días y medio. La falta de fondos españoles hizo que una empresa alemana asumiera el proyecto. El dirigible Graf Zeppelin hizo el primer vuelo entre los dos continentes el 18 de septiembre de 1928. El 12 de octubre, Herrera pilotaba la enorme nave sobre Barcelona con destino a Nueva York.

Un hombre de acción que se peloteó ecuaciones con Einstein

"Era un hombre de acción. En los primeros años como ingeniero militar, nada hacía prever que de pronto descubriera su gran pasión por las matemáticas y la física –explica Rodrigo Martínez-Val, profesor en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Aeronáuticos de la Universidad Politécnica de Madrid–. Empezó a estudiarlas con tanta profundidad que llegó a cartearse con los grandes científicos del momento, como Albert Einstein".

En 1923, participó en la organización de la visita del gran físico alemán a España y la prensa de la época recogió el encuentro entre Herrera y el padre de la relatividad relatando cómo los dos científicos se 'pelotearon ecuaciones'. Fue precisamente Einstein quien, cuando Herrera se vio obligado a exiliarse a París, le solucionó su situación profesional al recomendarle para trabajar en la UNESCO como consultor en temas de energía nuclear.

La creación en 1928 de la Escuela Superior Aerotecnia fue otra de las grandes aportaciones de Herrera. "Trajo como profesores a las personalidades más ilustres de la época. Algunos de ellos incluso habían estado propuestos al Nobel, como Julio Palacios, y todos trabajaron para conseguir que se convirtiera en un centro nacional de excelencia", dice Martínez-Val. En esa escuela de Cuatro Vientos, Herrera promovió la construcción de uno de los túneles de viento más grandes y modernos del momento. Según Luis Utrilla Navarro, que encabeza el grupo de Historia en la Sociedad Aeronáutica Española, el laboratorio de Cuatro Vientos aportó notables avances en el conocimiento de la mecánica de fluidos y la aerodinámica.

En un momento en que, como explica Atienza, "se salía de la universidad sin haber oído hablar de física cuántica", Herrera escribió sobre cosmología y partículas elementales. Su estudio sobre la bomba atómica, el primer artículo que explicaba sus devastadoras consecuencias potenciales, llevó a los periodistas a la puerta de su casa.

El rechazo del artículo por una revista alemana confirmó sus sospechas de que en Berlín estaba intentando fabricarla. Fue una publicación francesa la que finalmente lo aceptó como artículo de divulgación. Veinte días después, Hiroshima fue bombardeada. Aquel día, los reporteros se apiñaban delante su apartamento parisino preguntando por el hombre que predijo el desastre.

Era tal su preocupación sobre las aplicaciones militares de la ciencia, que también alertó sobre el peligro de la bomba de hidrógeno y la de fotones. En uno de sus programas en Radio París, con el título '¿Puede la humanidad suicidarse?', reflexionaba: "Todos debemos desear el progreso científico de la humanidad, pero sin dejar atrás su progreso moral. Si no, la existencia del género humano corre gran peligro".

Fuente: http://www.elmundo.es/

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